HISTORIA Y MUERTE

¿A qué vino Colón a Valladolid?

¿A qué había venido Colón a Valladolid cuando le sorprendió la muerte? ¡A reclamar los derechos y beneficiosque le habían sido prometidos ante el rey Don Fern a n d o . ¿Dónde vivió quien era considerado virrey y almirante de la mar océana? ¿Acogido en una casa noble? ¿En una humilde posada? ¿O en la hospedería de los franciscanos por ser cofrade de la Orden Tercera de San Francisco? La reina Isabel, muerta en Medina del Campo en 1504, fue la única que reconoció el valor de su descubrimiento y vio su rentabilidad futura. Pero el rey viudo, Don Fernando, daba l a rgas a las reclamaciones del navegante. La llegada a Valladolid tiene los siguientes antecedentes: el 1 de diciemb re de 1505 Colón estaba en Sevilla intentando saber “qué había de lo suyo” y manda a su hermano Bartolomé y a su hijo Hernando a Castilla para que se entrevisten con el rey a fin de hacerle cumplir los compromisos. Colón no puede viajar porque tiene una gota que le agota. En la primavera de 1506, sobreponiéndose al dolor, viaja –¡en mula!– hasta Segovia donde se encuentra el rey, quien le asegura que cumplirá lo pactado y le remunerará generosamente. Poco después se fija la corte en Valladolid –ya casado en segundas nupcias el rey con su prima Germana de Foix– y Colón llega a la villa pinciana con el fin de insistir en sus demandas. No obstante, escribe también a Felipe I (el Hermoso) en marzo o abril para que uno u otro refrendara los acuerdos. Cristóbal Colón murió sin ver resueltos todos sus negocios con el reino, aunque recibió algunos dineros prometidos. Enriqueció el mundo, pero no debió enriquecerse él. Sus exequias fueron oficiadas en la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua y sus restos fueron inhumados en el monasterio de San Francisco, donde permanecieron hasta 1613. ¿El lugar del enterramiento? Según el historiador de Valladolid J. Agapito y Revilla, fue enterrado en la capilla de la Concepción (después de San Antonio de los Mancebos), propiedad de Don Luis de la Cerda (después de los condes de Cabra), a sabiendas de que serían trasladados a Sevilla. Aunque también había en el inmenso monasterio de la plaza del mercado una capilla para los difuntos de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, a la que el descubridor pertenecía por devoción hacia el santo. JOSÉ-DELFÍN VAL

Colón otorga testamento en Valladolid

Al encontrarse enfermo, aquejado de gota y otras enferme- dades, Cristóbal Colón dicta testamento y codicilo en Valladolid el 19 de mayo de 1506. Al día siguiente moriría. Otorgó su última voluntad ante el escribano de cámara de Sus Altezas y “escribano de provincia en la su corte e Chancillería e escribano e notario publico en todos los reinos e señoríos” Pedro de Hinojedo. Confirmaba un testamento anterior. Testar ante semejante personaje debería romper aquellas viejas teorías de que Colón murió pobre y abandonado. Colón se declara ante el notario real “Almirante, Visorrey y Gobernador General de las islas y tierra firme de las Indias descubiertas y por descubrir”. Añadía el Almirante a su testamento un documento escrito de su propia mano en el que dictaba unas mandas que había que cumplir como última voluntad. Eran antiguas deudas del tiempo en que trabajó con su padre, y compensaciones o deudas personales del entorno italiano del que se rodeó en Portugal antes de pasar a Castilla. Nombraba testamentarios a su hijo Diego Colón, a Bartolomé Colón, su hermano, y a Juan de Porras, tesorero de Vizcaya. Actuaron como testigos, el bachiller Andrés Miruela y Gaspar de la Misericordia, “vecinos d’esta villa de Valladolid”, y Bartolomé de Fiesco, Álvaro Péres, Juan de Espinosa, Andrés y Fernando de Vargas, Francisco Manuel y Fernán Martínez, criados del propio Colón. En el testamento nombra heredero universal de sus bienes actuales y de los futuros (las rentas que dieran las tierras descubiertas en América) a su hijo legítimo Diego, que ya estaba casado con Doña María de Toledo. En caso de no tener descendencia el heredero primero, pasaría al segundo (su hijo natural Hernando), y si se diera la misma circunstancia, heredaría su hermano Bartolomé. “He non herede muger, salvo si non faltase non se falla hombre; e si esto acaeciese, sea la muger mas allegada a mi linia”. Afirma Colón que, cuando partió de España en el año 1502 (para el desafortunado cuarto viaje) hizo una ordenanza y mayorazgo de sus bienes que dejó en poder de fray Gaspar en el monasterio de Santa María de las Cuevas, en Sevilla, junto a otros escritos y cartas de los Reyes Isabel y Fernando. Lástima que el documento nunca fuera hallado. Hernando Colón, en el último capítulo de su libro Historia del Almirante dice: “…el Serenísimo Rey Felipe I (El Hermoso) vino a reinar a España, y al tiempo que el Rey Católico (Don Fernando) salió de Valladolid a recibirle, el Almirante quedó muy agravado de gota, y del dolor de verse caído de su estado; agravado también con otros males dio su alma a Dios el día de la Ascensión a 20 de mayo de MDVI en la villa de Valladolid, habiendo recibido, con mucha devoción, todos los sacramentos de la Iglesia y dicho estas últimas palabras: In manus tuas, Dómine, commendo spiritum meum. (Colón murió pronunciando estas palabras dichas por Cristo en la cruz poco antes de expirar).

Colón es enterrado en San Francisco de Valadolid

Colón murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506, en una casa próxima a la iglesia de La Magdalena o en la hospedería del monasterio de San Francisco, en cuya iglesia fue enterrado por ser dicho monasterio, situado en la Plaza del Mercado, el convento más grande y el más favorecido por los nobles. Por deducción, no por documentación, los historiadores han arriesgado una información trascendental: la capilla donde fueron inhumados los restos de Colón. En 1509 (o 1513) fueron trasladados al mausoleo familiar que había preparado su hijo Diego en Sevilla. (Primer viaje) Pero, para cumplir el deseo del Almirante de ser enterrado en la isla de Santo Domingo, fueron trasladados a la catedral dominicana. (Segundo viaje). En 1795, cuando Santo Domingo pasó a dominio de los franceses, los restos de Colón fueron nuevamente desplazados a otro lugar de suelo español, la isla de Cuba, por intermediación del Teniente General de la Armada, Gabriel Aristazábal, quien los embarcó en el buque llamado “El Descubridor”. (Tercer viaje). Pero al perder la soberanía española la isla bautizada por Colón en 1492 como isla Juana, volvieron a Sevilla bajo un monumento catedralicio. (Fue el cuarto viaje del almirante que viajó muerto tantas veces como viajó vivo descubriendo tierras americanas para la corona. En Sevilla se puso un epitafio que rezaba: A Castilla y a León/ Nuevo Mundo dio Colón. Pese a lo dicho, que forma parte de la leyenda colombina, no hay ninguna seguridad documentada que certifique la autenticidad de los restos de Colón y sus cuatro traslados. A los 82 años del efectuado desde Santo Domingo a Cuba, el Primado de América monseñor Roque Coccia ordenó una excavación en la catedral dominicana para llegar hasta el cofre de los restos. En él se descubrió una inscripción que decía: “Última parte de los restos del Primer Almirante Don Cristóbal Colón”. Los investigadores colombinos empezaron entonces a dividirse y mientras unos creyeron falsos los restos de Santo Domingo, otros los daban por auténticos, aunque incompletos. Entretanto, el rey de España Alfonso XII pidió a Cánovas del Castillo que solicitara un informe a la Academia de la Historia, cuyo resultado fue negativo. Hemos de señalar que estos restos dominicanos fueron troceados y regalados a los gobiernos de Italia, Estados Unidos y Canadá, que los solicitaban como reliquias de santo. Las dudas sobre la autenticidad de restos tan viajados llevaron a decir al investigador italiano Niceto Ducca que lo lógico era que aún permanecieran en Valladolid y los que pasaban por serlo lo fueran de algún otro noble enterrado en San Francisco, dado que las relaciones en aquellos años empezaban a ser tensas entre el reino y los deudos del Almirante a causa de los Litigios Colombinos.

“Aquí murió Colón”

En el jardín de la Casa-Museo de Colón existe una lápida con la leyenda Aquí murió Colón. “Tontería histórica de uno que fue cronista de la ciudad”, afirmó el historiador vallisoletano Agapito y Revilla. La imprecisión tiene su historia. En la calle de La Magdalena existió una casa (la nº 7, antes la 2) propiedad desde 1780 de Don Diego Santiago Colón de Toledo. La aportó al matrimonio su esposa, poseedora del mayorazgo de Rivadeneira. Pero en los archivos de esta familia no aparece ninguna referencia a la muerte de Colón en esa modesta vivienda. Pese a ello, y con la aquiescencia del historiador Sangrador Vítores, en septiembre de 1866 el Ayuntamiento colocó una lápida tallada en relieve por N. Fernández de la Oliva, con un medallón central en el que aparece el perfil del descubridor de América rodeado de diferentes alegorías y la supradicha frase. Colón había muerto 274 años antes de esta peripecia municipal, sin que ningún documento ni cronista citara su óbito en semejante lugar, ni siquiera se aludiera a la vecina iglesia de La Magdalena, mandada edificar por el obispo Don Pedro de la Gasca, pacificador de Perú y cuyo escudo ocupa buena parte de la fachada. La proximidad, en el supuesto de que Colón viviera sus últimos días en casa cercana, sin duda hubiera movido la pluma de algún cronista del siglo XVIII, viviendo en Valladolid la “familia Colón”, cosa que no ocurrió. Cuando el Ayuntamiento de Valladolid decidió construir en la ciudad una Casa-Museo para perpetuar la memoria del descubridor, le acomodó mantener la idea de hacerlo en las inmediaciones de aquella antigua calle de Ancha de La Magdalena. Hacerlo entrañaba notables dificultades, ya que la casa había pasado por diversas vicisitudes curiosas (entre ellas la de haber sido lugar de venta de leche de vaca y de burra que se servía a domicilio) y una, más dificultosa aún, que era su agregación al convento de religiosas de La Visitación de Nuestra Señora, vulgo Salesas, que la utilizaron como panteón de religiosas de clausura. El error de situar la muerte de Colón en aquella casa, dio pie a una coplilla que se jaleaba en una comedia de principios del XX en la que se hacía aparecer a Colón diciendo: …Y pienso que cual discurro tu, también, Pincia, discurras que el que colocó entre burras mi nombre, sería un burro”. En la famosa fotografía del francés J. Laurent, hecha en 1874, se aprecia la lápida entre los balcones 2º y 3º.

Mentirijillas de Colón

Si sienten ustedes la curiosidad de visitar el castillo de Simancas, donde está instalado el Archivo General de Simancas (durante muchos años llamado Archivo General de la Corona de Castilla), no se dejen atrás la inscripción de una lápida que se encuentra nada más trasponer la entrada de la fortaleza. Esa inscripción está dedicada a una investigadora llamada Alice Bache Gould, que pasó muchos años de su vida trabajando en una investigación esclarecedora: analizar todos los documentos alusivos al descubrimiento de América. Gracias a su trabajo se saben los nombres de los pilotos, contramaestres, otros mandos, veedores, maestros cirujanos, alguaciles, marinería y grumetes que iban en cada una de las tres naves del descubrimiento. Alice B. Gould, nacida en Cambridge (Massachussets) en 1868, murió en Simancas en 1953, en cuyo archivo le sorprendió la muerte. La Historia nos enseñó que el día en que Colón con sus naves avistó por primera vez tierra, el autor de la voz esperanzadora fue un marinero de “La Pinta” llamado Rodrigo de Triana. No es cierto. Es una mentira histórica propalada por el propio Colón en su diario de a bordo. Vamos a recordar la verdad. El hombre que dio la voz de ¡tierra! fue un marinero nacido en el pueblo sevillano de Molinos, según unos, o en el pueblo huelveño de Lepe, según otros. Su verdadero nombre no era el de Rodrigo de Triana sino el de Juan Rodríguez Bermejo. Así consta en los pleitos colombinos que se desataron por ciertas irregularidades cometidas por el almirante. Una de esas irregularidades, a modo de “trinque”, se refería al premio de 10.000 maravedíes prometidos por los Reyes Católicos a quién tuviera la suerte de avistar tierra detrás del océano. Pero quien cobró los dineros no fue el marinero, sino el almirante Cristóbal Colón. Este dinero se lo dio a Beatriz Enríquez, la mujer con la que había tenido a su hijo Hernando, el que salió listo. El tal Juan Rodríguez Bermejo dio la voz de “tierra” hacia las dos de la madrugada del día 12 de octubre; y lo hizo desde el castillo de proa de “La Pinta”, que iba por delante, por ser más ligera y marinera, y en la que estaba de guardia. Según el Diario de a bordo, ese día y a esa hora la luna estaba a unos setenta grados sobre Orión, en la cuarta de babor, en una posición ideal para descubrir cualquier cosa que apareciera a la proa de las naves, en el caso de que las tres viajaran dándose los costados. Conviene saber también que los 10.000 maravedíes no salieron de las débiles arcas de los Reyes Católicos (la guerra de Granada les trajo al retortero), ni de las del administrador de la corona, el judío Luís de Santángel, sino de las carnicerías de Córdoba. Los reyes lo demandaron a modo de impuesto (o quizá fuera el aprovechamiento de un impuesto); el caso es, que el premio salió de la carne vendida en Córdoba.

Curiosidades de Colón

Por un documento que custodia el Archivo de Simancas sabemos que en 1499 estaban al servicio de la reina Isabel, en calidad de pajes, los dos hijos de Cristóbal Colón, Hernando y Diego. En el legajo 43 de Casas y Sitios Reales, al folio 104, de orden de la reina se libran, a año vencido, los haberes del personal a su servicio y al de las infantas. La cantidad que se le entrega a los hermanos Colón es de 18.000 maravedíes. Al pie del documento el escribano escribió: “Monta esta nómina de oficiales de la Reina nuestra señora del año de noventa y ocho tres cuentos (tres millones) cuatrocientos ochenta mil ciento ochenta y cuatro maravedíes. E van en ella los oficiales que han servido y los que su Alteza ha mandado que se libre sin servir”. Esta expresión “que se libre sin servir” quizá se refiera, entre otros, a los dos hijos del navegante que estaban de pufo en la relación de pajes, mientras su padre andaba en la mar y dejó a sus hijos al cuidado de la reina, como en nuestros días un buen padre deja a sus hijos en casa de la vecina mientras baja a por el periódico y el pan. • Luis de Santángel jugó un papel importante en la financiación del viaje del descubrimiento. Era un alto funcionario de la Hacienda de la corona de Aragón, de origen judío y con habilidades administrativas. En el reino de Castilla se ocupaba de la administración de las milicias locales y de la venta de indulgencias. Muchas de aquellas indulgencias se imprimían en la imprenta instalada en el monasterio Nuestra Señora de Prado, de Valladolid. Santángel pasaría con cierta frecuencia a controlar el negocio. El ojo del amo engorda al caballo. • El primer viaje del descubrimiento costó al erario público la cantidad de 1.140.000 maravedíes. El pico saliente del millón era el salario del propio Colón. Ese dinero salió de la venta hecha por Santángel de las bulas. Los Reyes Católicos contaban con que Martín Alonso Pinzón contribuyera con el préstamo de dos naves para hacer frente a una multa que le había sido impuesta por el reino. De esta manera estuvieron aparejadas y listas para el primer viaje las carabelas “La Pinta” y “La Niña”. La “Santa María” (antes llamada Marigalante y La Gallega) fue alquilada por Colón a su propietario Juan de la Cosa. Se desconoce si “La Pinta” tuvo otro nombre anterior al viaje del descubrimiento. Sí se sabe que “La Niña” se llamó antes la “Santa Clara”.